Cada vez que converso con emprendedores, agricultores, profesionales o jóvenes que recién egresan de la universidad, aparece la misma sensación: Ñuble tiene un enorme potencial, pero avanza más lento de lo que podría.
Es una paradoja difícil de ignorar. Vivimos en una región privilegiada. Contamos con una ubicación estratégica en el centro-sur de Chile, una agricultura reconocida, una creciente industria vitivinícola, atractivos turísticos únicos, universidades, una identidad cultural fuerte y personas con una enorme capacidad de trabajo. Sin embargo, cuando observamos los indicadores económicos y sociales, la pregunta surge casi de manera natural: ¿por qué seguimos sin aprovechar todo ese potencial?
La respuesta no puede reducirse a un solo gobierno, una autoridad o una institución. Sería demasiado simple. El desafío de Ñuble es mucho más profundo y exige una mirada de largo plazo.
Desde que Ñuble se convirtió en región, muchos esperábamos que esa nueva institucionalidad significara un salto importante en inversión, empleo y desarrollo. Se han producido avances importantes, pero aún persiste una sensación de que el crecimiento ocurre de manera fragmentada, sin una estrategia compartida que proyecte la región hacia las próximas décadas.
Mientras otras regiones han logrado consolidar una identidad productiva clara, Ñuble todavía parece debatirse entre múltiples prioridades sin terminar de posicionarse con fuerza en ninguna de ellas.
El primer desafío es generar más empleo de calidad.
No basta con crear nuevos puestos de trabajo si estos son temporales o de baja remuneración. La verdadera tarea consiste en atraer inversiones capaces de ofrecer oportunidades estables para técnicos, profesionales y trabajadores especializados.
Muchos jóvenes estudian en nuestras universidades e institutos, pero terminan buscando oportunidades en otras regiones porque aquí no encuentran espacios para desarrollar su proyecto de vida.
Cuando una región pierde a sus jóvenes más preparados, también pierde innovación, emprendimiento y capacidad de crecer.
El segundo desafío es simplificar el camino para quienes quieren invertir.
Chile ha construido importantes estándares regulatorios que debemos cuidar, pero también debemos reconocer que, muchas veces, iniciar un proyecto implica recorrer un verdadero laberinto de permisos y trámites. Esa realidad afecta especialmente a las pequeñas y medianas empresas, que generan una parte importante del empleo regional.
No se trata de reducir exigencias ambientales o de seguridad. Se trata de lograr instituciones más coordinadas, procesos más ágiles y respuestas dentro de plazos razonables.
Cada proyecto que se posterga significa empleo que no llega, recursos que no circulan y oportunidades que otras regiones terminan aprovechando.
El tercer desafío consiste en dejar de pensar los sectores productivos por separado.
Agricultura, turismo, comercio, tecnología, educación y logística no deberían competir entre sí. Por el contrario, pueden potenciarse mutuamente.
Imaginemos una región donde el turismo impulse el consumo de productos agrícolas locales; donde las universidades desarrollen soluciones para el campo; donde la tecnología ayude a optimizar el uso del agua; donde la logística facilite llegar a nuevos mercados nacionales e internacionales.
Ese tipo de integración genera economías más resilientes y competitivas.
También necesitamos hablar con mayor fuerza de infraestructura.
No basta con mantener caminos o construir nuevas obras cuando existe financiamiento disponible. La infraestructura debe responder a una visión de desarrollo. Mejor conectividad digital, accesos más eficientes, transporte moderno y planificación urbana son inversiones que terminan mejorando la calidad de vida de las personas y aumentando la competitividad de las empresas.
Quizás uno de los mayores desafíos sea precisamente ese: pensar en los próximos veinte o treinta años y no únicamente en el próximo presupuesto anual.
Las regiones que logran transformarse no son aquellas que reaccionan permanentemente frente a las urgencias, sino las que construyen acuerdos amplios sobre el futuro que desean.
Ñuble tiene condiciones para convertirse en una referencia nacional en agroindustria, turismo sustentable, innovación aplicada al mundo rural, energías limpias y calidad de vida. No es una aspiración exagerada. Existen ejemplos en distintos países donde territorios con características similares lograron posicionarse gracias a una planificación consistente y una colaboración efectiva entre el sector público, las empresas, las universidades y la sociedad civil.
Lo importante es comprender que el desarrollo regional no depende exclusivamente del Estado ni exclusivamente del sector privado. Depende de la capacidad de trabajar con objetivos comunes.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos qué región heredamos y comenzar a discutir seriamente qué región queremos construir.
Porque Ñuble no necesita conformarse con crecer un poco más cada año.
Tiene todas las condiciones para convertirse en una de las mejores regiones para vivir, invertir y emprender en Chile.
El desafío no es descubrir nuevas oportunidades. Es decidir, entre todos, tener la voluntad de aprovecharlas.
Cristian Ortiz Rubio
Ingeniero Comercial
Magíster en Dirección y Gestión Pública
Gerente Empresa Textum
Gerente Vaccaro Medios





